Tardes de Verano Soporíferas

Volvió a abrir el Instagram una vez más. “No”, no debía hacerlo. Sabía que si le enviaba una petición de amistad no la aceptaría, o por lo menos lo haría de inmediato como ella tanto ansiaba.

Ella se la enviaría y apagaría rápidamente el móvil. Como si, por el simple hecho, de haberle enviado la dichosa invitación, él pudiera saber si estaba conectada. Conectada esperando como una adolescente hormonada, a que él la viera, a que él aceptara.

Pasaría 10 minutos torturándose. Cogiendo aquella artimaña endemoniada para comunicarse con el mundo que llamaban móvil, y volviendo a abandonarlo sobre la mesa con rapidez, como si quemará. Trataría de engañar a las manecillas del reloj una y otra vez, intercambiando el  móvil por un cigarrillo…. Bueno ahora tendría que intentar el trueque por un chicle, porque ya hacía tiempo que la cajetilla estaba más vacía que su ciudad a mediados de Agosto.

Tras estos 10 minutos de angustioso calvario, cogería el móvil y lo encendería. Se le revolvería la tripa acto seguido que escuchara la melodía de inicio. La pantalla se iluminaría. Volvería lanzar el móvil, con la esperanza de que esta vez consiguiera burlar las leyes de la física y que diese un triple salto mortal en el tiempo. De modo que pudiera recuperar esa invitación, que ahora la veía como la letra pequeña del contrato que no te lees y luego se te clava como la espada de Damocles en la espalda cuando menos te lo esperas.

Se quedaría absorta dos minutos mirando el móvil destripado en el suelo. La batería por un lado. La tarjeta de memoria por otro. “¿Ese pequeño grieta en la pantalla era nueva? Genial ahora tendría algo que le recordaría a él cada vez que cogiera el maldito móvil.” De repente como movida por un resorte saltaría a por el móvil, dejándose llevar por un acto compulsivo, casi bestial, sin que mediase ningún razonamiento propio del intelecto del que hacemos gala los seres humanos.

Y al fin el móvil victorioso se iluminaría encendido. Cargándose la aplicación… Ya hacían 5 horas que le había invitado a “ser su amigo”. Seguro que se habría conectado y la habría visto… Miro con ansia el icono de las noticias en el extremo derecho superior. Nada.

Escondió el móvil bajo la toalla. Se dirigió a la piscina. No, no debía enviarle la invitación.

Días después, en pleno de uno de esos brotes medio esquizo medio oligofrenico, le había enviado la petición. Y ahora esperar…tumblr_ncdejpu2U81tb3o1qo1_500 (1)

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Por qué….

Ladeó la cabeza con gracia. Con ese tipo de gracia que todavía es en parte infantil e inocente, pero que ya oculta esa cierta perversa seducción del que empieza a jugar con los placeres de la vida . Parecía ajena a la oleada de sensaciones que despertaba con este simple movimiento, pero en realidad era plenamente consciente de ello. Es más, disfrutaba haciéndolo. Entreabrió los labios lentamente, dejando ver unos perlados colmillos quizás un poco grandes o quizás un poco torcidos.  En un intento de corregir su miopía, entrecerró unos ojos almendrados, hasta hacerlos una pequeña rendija, custodiada por unas largas y oscuras pestañas. Con intensidad y un poco de rabia contenida, se mordió el labio inferior con esos caninos un poco grandes y un poco torcidos.

-¿Qué tenía aquel idiota? ¿Qué tenía aquel idiota para que no se lo pudiera sacar de la cabeza?-.

 

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Y TÚ, ¿DE QUÉ TIENES MIEDO?

EL MIEDO.

El miedo es como el león para la gacela, es el mayor depredador del ser humano del siglo XXI. No debemos sobreestimar el miedo, pues puede convertir al ciudadano más civilizado de la comunidad, en una terrorífica bestia negra de ojos rojos que arrase con todo a su paso, no dejando más que desolación tras de sí. Cuando actuamos bajo el influjo del miedo, nos vemos reducidos a nuestros instintos más primarios. La conciencia o la empatía, de las que el ser humano hace gala, quedan relegadas a un segundo plano. Estamos diseñados genéticamente, como la gacela, a huir, a escapar frenéticamente del león, del miedo. Echar a correr y no mirar atrás.

La jauría humana (1966) dirigida por Arthur Penn y protagonizada por Marlon Brando

Pues todos sabemos lo que le sucede a la gacela que la paraliza el miedo, el terror la invade cada fibra de su fibroso cuerpo de cuadrúpedo y deja de ser dueña de sus patas, de sus movimientos, de sus “pensamientos”. Dejamos de ser dueños de nosotros mismos, de nuestras ideas. Perdemos nuestro turno de movimiento en el juego de la vida. Y es el miedo el que maneja nuestros hilos, como marionetas de cartón piedra cuyos colores están ahora desgastados por el paso del tiempo.

 

Y por ello corremos a todo trapo. Tan rápido que nos vemos obligados a cerrar los ojos para que el viento no nos haga daño, de modo que dejamos a de ser conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor. Y si por alguna fortuita casualidad del destino, nos vemos obligados a frenar y abrir los ojos, nos encontraremos en medio de la selva. Sin darnos cuenta estamos viviendo según la ley de la selva, la ley del más fuerte. Todas las reglas y convenios sociales, que hemos ido construyendo gota a gota de tinta y sudor, han quedado reducidas a menos que cenizas. Reducidas a un débil eco, antiguo como lo son las runas nórdicas, que intenta abrirse camino en nuestras consciencias. Sin lograr ningún resultado.

American Psycho (2000) dirigida por Mary Harron y protagonizada por Christian Bale

En este momento llegamos a otro punto de inflexión en el tablero de la vida. Nos podemos encontrar ante ese prototipo de persona que prefiere volver a cerrar los ojos rápidamente y ponerse una venda lo más tupida posible, a fin de evitar incidentes como este en el futuro. Estos sujetos que vuelven a meter primera y poner pies en polvorosa, son a los que no dudamos en plantarles  la pegatina de “COBARDE” en medio de la frente, en colores llamativos y con luces de neón. Y les vemos alejarse corriendo, otra vez. Vemos como se aleja esa bombilla amarillenta y parpadeante de su cartel de neón, evocando a un espléndido y decadente cabaret parisino, ahora venido a menos, cayéndose a trozos. Nos falta tiempo a todos para salir a criticar a dichos sujetos, a ponerles verdes y mentar a todos sus familiares y ancestros. Sin ser conscientes de que quizás, si nos ponen delante un espejo, es posible que estemos desgañitándonos a gritos e improperios contra nosotros mismos.

Pulp Fiction (1994) dirigida por Quentin Tarantino

Por otro lado tenemos al sujeto que al detenerse y mirar a su alrededor, también se aterroriza y un escalofrío le recorre la espalda. Esta otra ficha del tablero de la vida también cierra los ojos, pero no con rabia y miedo, si no con lentitud, con calma. Respira. Ordena sus ideas, hace esquemas de actuación, hace listas, recalcula… Y esta vez, vuelve abrir los ojos, ahora sí con energía, con decisión. Está decidido a enfrentarse a ese miedo, a ganarle y librarse de los grilletes que le puso en el pasado. Vuelve a ser consciente de que la vida ya pasa demasiado deprisa como para encima ir corriendo. No hay prisas. Que el fin no justifica los medios, pues esta máxima lo único que hace es dejar restos de lo que antes eran seres humanos, que poco a poco va consumiéndote a ti también. Este individuo es el que se detiene en medio del camino. Se detiene en la encrucijada a decidir qué camino tomar, en vez de seguir frenéticamente hacia delante sin plantearse ni cuestionarse nada. Se fija y es capaz de disfrutar de esos pequeños detalles, que normalmente nos pasan desapercibidos a los llevamos la tupida y ennegrecida venda aun atada a los ojos. A este otro sujeto, rápidamente, le colocamos todos la etiqueta de “filósofo”, “vividor”…. Y la bilis de envidia nos corroe las entrañas, pues en el fondo quisiéramos poder disfrutar de la vida y librarnos del miedo del mismo modo que él lo hizo.

Thelma y Louise (1991) dirigida por Ridley Scott

Pero no nos engañemos. Si no lo hemos hecho, es poque esto no es siempre es tan fácil. Si se llaman instintos primarios será por algo. Pero, ¿esto es una excusa para tirar la toalla y dejar de intentarlo? El ser humano, que siempre anda alardeando de su posición en la escala evolutiva, que si nos diferenciamos de los animales por este motivo o por este otro, y luego se convierte en el peor de los depredadores. ¿Qué tipo de gacela quieres ser? ¿La que se convierte en león y muerde a la de delante para poder seguir avanzando? ¿La que actúa con reflexión y sabe que si no es colaborando con la manada, lo más seguro es que el león la atrape? ¿Despertarse mañana y no saber por qué estas donde estás, y flagelarte con lo que has hecho para “sobrevivir” hasta ese punto? ¿Vas a dejar que los dados decidan tu próximo movimiento o serás dueño de tu propio recorrido en la vida?

El diablo sobre ruedas (1971) dirigida por Steven Spielberg

No sobrestimes al miedo, no dejes que te domine. Y terminamos haciendo un guiño a la Guerra de las Galaxias, con esa frase que todos conocemos pero que muchas veces olvidamos.

 

“El miedo lleva a la ira,

 

 la ira lleva al odio, 

 

el odio lleva al sufrimiento… … 

 

y el sufrimiento lleva al lado oscuro”

Fdo. Un desastre con Patas

 

Condenados al “The End” desde el principio

Y ENTONCES SE DIO CUENTA, TODO EN ESTA VIDA ERA EFÍMERO…

Hasta la más presuntuosa y bella flor del jardín, no lo sería eternamente. Pronto se marchitaría, perdería sus orgullosos colores, sus inspiradores olores y se deshojaría lentamente. El tiempo y los vendavales, mano a mano, la irían despojando de sus preciados pétalos. Como la meretriz, que se ve obligada a quitarse el raído camisón de seda una vez más para su próximo cliente, quedando expuestos sus defectos humanos, quedando expuesto para ser juzgados.

Moulin Rouge! dirigida por Baz Luhrmann, interpretada por Nicole Kidman y Ewan McGregor

Y si todo era efímero, si todo tenía un final, un “The End” o un punto y final; entonces qué sentido tenían frases cómo  “para siempre, lo prometo”, “for ever and ever”, “eternamente tuyo”. Por qué, en nuestra condición de ser humano, nos vemos obligados a atar a las personas y objetos. Ha atarlos con cuatro nudos marineros, el candado de los chinos y hasta con el super glue, ese que anuncian con un tío que utilizándolo consigue pegarse a la pared

Se me ocurren varias teorías que podrían llegar a intentar explicar esa tendencia,  este comportamiento pasivo agresivo. La teoría del aprendizaje social de Rotter, nos habla del “locus de control”, término que  hace referencia a la percepción que tiene una persona acerca de dónde se localiza el agente causal de los acontecimientos de su vida cotidiana. De este modo, podemos hablar de personas cuyo locus es externo, personas que se definen por el mundo que las rodea. Estos sujetos si pierden a las personas que frecuentan su vida, su casa, sus muebles, su trabajo… dejan de definirse como sujeto con una personalidad. Pierden la autoimagen que han ido formándose de sí mismos, pieza a pieza. Es entendible que estas personas se esfuercen en atar a sus allegados por todos los medios posibles, pues la idea de que tu percepción como persona dependa de algo tan volátil e impredecible como es una relación, resulta terriblemente terrorífica.

Pero, y aquellos con un locus interno, por qué también se empeñan en mantener encadenadas a las personas, como quien ata al perrillo a la caseta, no vaya a ser que se escape. Obviamente si el perro se escapara, no se convertirían en un cuerpo sin personalidad, que es el aire lo insufla de vida y voluntad. Pero imagínate el palo que es quedarte sin tu querido perrito, admitámoslo es un mal trago. En este caso, me puedo atrever a aventurar que se trata de un simple vestigio de nuestro pasado como animales salvajes, algo así como viene a ser el apéndice para el colon.

Julian Rotter, 1966

Me explico.  Cuando no éramos más que simples primates, que practicábamos a dar vacilantes pasos mientras permanecíamos erguidos, puede que no supiéramos que era todo aquello del fuego o la rueda, pero ya teníamos claro aquel que se quedara solo no sobreviviría por mucho tiempo. Que la manada era importante, que debíamos permanecer juntos. Podría incluso rizar el rizo, y decir que esta tendencia ya podíamos contarla entre nuestro repertorio de conductas cuando éramos núcleos atómicos, que atraían hacia ellos nubes de electrones.

 

Olvidemos por un momento, que toda esta avidez de atraer partículas hacia nosotros acabó en una gran y devastadora implosión. Entiendo a estas inestables partículas atómicas. Y es que, quién quiere acabar como la viejecilla que encontraron muerta en su domicilio devorada por sus gatos. Yo también ignoraría la advertencia, yo también me arriesgaría a una posible implosión.

No nos olvidemos de aquellos llamados “los coleccionistas”. Por qué esa enfermiza compulsión a coleccionar sellos, cromos, cd´s, personas… Qué necesidad hay de mantener todo atado a tu persona. Cuando muchas de estas personas, una vez archivado su nuevo elemento de la colección,  cierran el cajón y tiran la llave, y no vuelven a disfrutar nunca más él.

 

¿Y la belleza de lo efímero? Dónde la hemos dejado, dónde la perdimos. El aleteo de una mariposa. Esa canción de la que conoces cuando son las últimas estrofas y las cantas con toda tu pasión cuando suenan en la radio. El libro que cierras al llegar a la última hoja y retienes unos segundo entre tus manos, saboreando esos últimos instantes con sus personajes. Y es que, ¿no es bonito ver a la flor florecer, para luego ser condenada a marchitarse? Trágico sí, pero bello. Los romances más evocados de la historia tiene un final trágico, pero quién no conoce a Otelo y Desdémona, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda…

Théodore Chasseriau ,Romeo y Julieta , segunda mitad XIX, Museo del Louvre, París

Muchas de las estrellas que vemos al levantar la vista en la noche ya no existen. Son supernovas que ya se han apagado hace mucho mucho tiempo, y aún nos llega a nosotros su luz desde el otro lado del universo. Y desde el inicio de los tiempos, todos nos hemos maravillado ante un cielo cuajado de estrellas. Estamos viendo la estela de algo que ya no existe, que se acabó, se terminó; y aún así sigue siendo hermoso. Aún así, seguimos levantando la mirada para poder verlas.

Van Gogh: Noche estrellada sobre el Ródano
<<Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo. Los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final. Nunca serás más bella de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí…>>
 
Fdo. Un Desastre Con Patas